Cuentos, pensamientos, reflexiones y accidentes neuronales.

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El Final.

– PARTE 1 –

Tres mundos adelante. 

Estoy tres mundos adelante, ya no a la orilla del camino, ni bajo el árbol, ni en el reflejo del lago, ni en los linderos del bosque. Ni en el sonido del viento ni en el golpeteo de la lluvia contra la tierra negra. De todos modos este mundo ya estaba roto, y tenía grietas por las cuales podías ver hasta la luna, y si te quedabas quieta, podías ver media vía láctea pasar por en medio de las montañas.

Obviamente no hay boletos de vuelta; cuando se va uno a tres mundos adelante, no es porque se espere volver. Hay que cruzar un océano negro de estrellas, y después hay que viajar de noche en noche, y hay que atravesar algunos cuantos soles. Porque no se aprende a viajar uno, dos o tres mundos, quedándose encerrado en las prisiones físicas detrás de la ventana; no se llega a tres mundos adelante sin saber cómo esquivar lunas llenas ni lunas nuevas. No se viaja por las estrellas sin saber cómo dejar todo en el camino.

De todos modos, ya no hay lunas nuevas; todas las lunas son las mismas de siempre, llenas o vacías; son los mismos retratos cansados, y son los mismos lienzos empolvados y sin brillo ni vida ni cosas nuevas, porque ya no le quedan muchas sorpresas a la noche. Creo que incluso podría contarte el número exacto de estrellas que se ven en una noche de primavera. Cosa aparte, las noches de invierno. Pero sobre eso, no se habla. Las noches de invierno no son para recordar.

Desde luego, viajo sin maletas; son pesadas, son un lastre que no conviene tener en caso de que el barco espacial zozobre. Tener demasiadas maletas con demasiado en su interior impiden mantenerse a flote, y cansan demasiado pronto. Siempre es mejor dejar las fotografías viejas, y si es posible, deshacerse de ellas. Lo mismo con los zapatos viejos, y los lentes sin una pata. Aunque, eso sí, siempre cargo con los guantes para el frío. No sé si sabías que en plena oscuridad, entre planeta y planeta, te encuentras con montañas de hielo enormes, flotando a la deriva, que accidentalmente se desprendieron de algún polo, y ahora viajan solitarias esperando encontrarse algún planeta desierto, y esperando nunca toparse en el camino de un sol también solitario y distraído que las desintegre.

Estoy tres mundos adelante, pero no pienso quedarme ahí; me detengo solo para tomar impulso, para flexionar las patas antes de lanzarme hacia la oscuridad. Me parece ver una nebulosa distante, más o menos brillante, en la que seguramente hay algún otro planeta errante con suficiente agua como para no morir de sed. Sin duda, no hay plantas, pero está bien. La tierra árida y el polvo me ayudarán a no instalarme; siempre hay más espacio, más planetas, más noche. Aunque ya no he visto más estrellas; supongo que las he contado todas ya. Y de todos modos, ¿quién quiere quedarse a medio camino?

Quizás deje alguna marca en este planeta; alguna inscripción en la tierra seca, o a lo mejor dibuje sobre la arena algún algoritmo desconocido (siempre lo son). Quizás tome un puñado de esa misma tierra y la lance al viento, y puede que quede una marca ahí en donde falte tierra, pero, bueno, el viento es fuerte, y seguramente en muy poco tiempo esa marca ya se haya desvanecido. Posiblemente, para cuando alguien pase por coincidencia por este mismo planeta, ya no haya marca alguna, de manera que nunca se sabrá si alguien pasó por aquí o no. Aunque, ¿habrá quien se ponga realmente a contar si faltan granos de arena en un planeta distante? 

No lo creo. Todos siguen pensando que las estrellas son infinitas. La arena bajo los pies nunca llama tanto la atención.

(Sigo pensando que, quizás, por simple travesura, podría revelarles el número exacto de estrellas en el firmamento… pero le quitaría emoción a otras futuras travesías. La gente suele desanimarse cuando lo desconocido se vuelve conocido; se le pierde la magia y la emoción se disipa. Es una condición humana muy común).

Voy como tres mundos adelante, y además viajo por detrás del tiempo y las dimensiones, pues en mi camino, todos los tiempos son ahora, y todos los lugares son aquí. Es lo bueno de ser pasajero; es lo bueno de ser efímero. Es lo bueno de desvanecerse. 

Es lo bueno de ya no estar. Que estoy en todas partes, todo el tiempo.

Excepto aquí, porque, como sea, estoy tres mundos adelante… y de todos modos, estoy a punto de irme; un asteroide me ofrece un aventón y ya he lazado mis cuerdas a su superficie. 

No diré a qué nebulosa me dirijo; no diré si es la más brillante, o la más oscura. No diré si está cerca o lejos. Algunas cosas solo sirven si no se ven; si no se saben; si no se persiguen.

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– PARTE 2 –

Sin sol. 

A pesar de ser de noche, se ve bastante claro. Aunque por aquí siempre es de noche. O al menos, siempre se vive de noche. Creo que ya hace mucho que no se ve un día soleado; a decir verdad, ya hace mucho que no es de día. ¿Será un fenómeno limitado a este planeta, o es que realmente el sol está tan lejos que parece simplemente otra estrella más?

Si es así, qué frío tan intenso me espera cruzando esa oscuridad.

 


– PARTE 3 –

El permiso de esperar. 

Aunque…

 


– PARTE 4 –

El asteroide remolcador. 

A cuatro meses de iniciado el viaje, me doy cuenta de que no he traído suficientes provisiones, ni tengo una sábana tan cálida como para cruzar el glaciar del espacio oscuro, pero ya voy a más de la mitad del camino recorrido. Así que, con los ojos muy abiertos, acelero y me lanzo hacia la vorágine que queda adelante. Porque, de todos modos, no hay vuelta atrás. Así que, sin ninguna clase de fe pero sin ningún tipo de remordimiento, me enfilo alejándome de las estrellas hacia el espacio vacío a donde la luz se resiste a llegar. Veo pasar galaxias enteras, porque aprendí a ir más rápido, y veo nebulosas desde sus entrañas, y paso surcando los cielos de planetas desiertos; algunos se parecen a un par de firmamentos que ya pasé, pero definitivamente todos son paisajes nuevos; así, reforzada mi esperanza en la desesperanza, me amarro a un cometa para ahorrar combustible, y conozco la deriva una vez más; me parece, de cuando en cuando, en lo que supongo que es de noche según el horizonte del cometa, ver que algo se mueve frente a mí. A veces pienso que ese cometa no está deshabitado, incluso he llegado a pensar que alguien lo controla desde adentro, como si fuese un navío de roca sólida. Pero sé que por aquí no hay vida alguna. ¿Por qué razón alguien viajaría adentro de una roca sin ventanas? ¿Y para qué se montaría alguien en una roca de impulso inagotable y ruta fija que solo se dirige hacia el frente, sin ninguna posibilidad de cambio, y sin ningún pasajero con el cual conversar?

Acabadas mis reflexiones, deduzco que en esa roca fría, terriblemente fría, ya no queda nadie. Quizás lo hubo, antes, en algún tiempo lejano. Hoy está desierto y no tengo interés en aterrizar ahí. Qué gasto de combustible, tiempo y energía.


– PARTE 5 –

Eterna luna llena. 

Sufrí un pequeño desperfecto en medio de la nada y sé que no hay ingenieros alrededor; no sé hasta cuándo tendré que quedarme en esta luna azul. Tengo una pequeña ventaja que me envidiarían todos mis coterráneos; siempre tengo una hermosa luna llena. Hacia donde vea, hay luna llena. En cualquier momento, hay luna llena. Algunas noches brilla más que otras, pero siempre está llena. ¿Qué tan afortunado soy?


– PARTE 5 –

Siempre estaré lejos. 

Puedo perseguir las sombras incansablemente conforme alguna estrella errante y desconcertada se limita a quedarse quieta mientras orbitamos alrededor de ella. Estuve pensando, que quizás solo era necesario ir de puerta en puerta, o irse a algún parque, o quizás subirse a la azotea. Pero no, no era suficiente; ni siquiera irse a otro país, ni emigrar al fondo del mar a platicar con los tiburones, ni treparse a la cima del Everest a atravesar nubes perezosas; no. El mundo era ya un lugar muy pequeño, y ningún lugar era suficientemente remoto. Lo único que quedaba era irse al universo y cruzar diez mil galaxias. Incluso la luna o tres o cuatro planetas de distancia no era suficientemente lejos. Y yo tenía que desaparecer en el firmamento, y después de eso, irme al firmamento, y después de eso, cruzar el firmamento, y después de eso, unirme al firmamento, y después de eso, seguir adelante. A lo intangible. A lo lejano. A lo remoto. A lo invisible. La dirección no importaba; lo importante era que fuese tan lejos, que siempre fuese inalcanzable. Y después de eso, seguir adelante, y correr cada vez más rápido (o volar, o nadar, no importa), hacia el infinito. Y después de eso, seguir adelante hasta no tener fuerzas. Y al llegar allí, recobrar el aliento, y entonces correr incluso más rápido y más lejos. Porque aún así, seguiría estando dolorosamente cerca. Y no quiero estarlo nunca más.

Así, acabo de llegar a la conclusión de que esta luna incluso es demasiado pequeña, y si puedo seguir viendo estrellas desde aquí, entonces este destino no me sirve. Seguro queda más oscuridad y lejanía adelante. Lejos incluso de la memoria y de la imaginación. Hasta allá tengo que llegar.

Y una vez ahí, seguir adelante, aún más lejos. Mucho más.


– PARTE 6 –

 El último espécimen de la raza humana.

Debo haber tenido una especie de encuentro cercano del tercer tipo; una extraña silueta, quizás una sombra (o una luz en color negro), pareció acercarse al navío. Para estos momentos mi navío ya no es lo que era cuando abandoné el planeta; ahora tiene más forma de galera o barco pirata. Me encontraba acodado en cubierta cuando vi a esta extraña forma, pequeña, esbelta, aproximarse por babor. Volteé a ver, intrigado, pero la curiosidad es una mala costumbre muy humana. El principio de la incertidumbre indica que todo lo que se estudia se cambia. Y cambiar las cosas que son lo que son por naturaleza siempre las destruye. Las hace dejar de ser. Las elimina, las nulifica, las desintegra. Las hace dejar de existir para siempre.

Así que, el hecho de voltearla a ver, la condenó a su desaparición. Porque la naturaleza humana lleva todo lo que existe a su extinción. De hecho, para estas alturas, ignoro si aún haya vida en el planeta de donde vengo. La relatividad y estos asuntos del tiempo y el espacio, y de cómo las distancias hacen que el tiempo cambie, y lo que sería una hora para mí deben haber sido como siete años en mi planeta…

Llevo viajando cuatro meses; eso han sido 2920 horas para mí. Por lo tanto, han pasado 20,440 años en mi planeta natal. Me doy cuenta, entonces, de que quizás para estas alturas ya no solo dejó de estar lo que conocí; también lo que no conocí. Dejó de existir todo. Quizás incluso la noche y el día no sean lo que recuerdo. Quizás la luna sigue en su sitio, pero, ¿a quién le importa? ¿Habrá aún agua en los océanos como para que haya marea alta? ¿Habrá aún viento entre las copas de los árboles?

¿Existirá aún el calor o es una inmensa roca helada?

Y en cualquier caso, ¿notaría la diferencia?

Volviendo a mis números, ¿qué tanto pudo haber pasado en veinte mil años? ¿Se habrá encontrado la cura para el resfriado común? ¿Se curaron todas las enfermedades? ¿Se acabaron las guerras? ¿O llegó la última de todas y con eso acabó todo? Bueno… ya no importa. La historia antigua ni siquiera es historia cuando no queda nadie para estudiarla. Por lo tanto, respecto a la historia del tiempo y el universo, las aventuras de mi planeta son solo una anécdota insignificante, perdida en la nada, disuelta en la oscuridad. Sin nadie para recordarla. A menos que hayan lanzado un libro al espacio con esperanza de que alguien lo encuentre y lo lea. Pero, ya pasaron veinte mil años. Y yo no voy a enseñar gramática ni lenguas a los extraterrestres que encuentren el libro y luego me encuentren. Si es que existe el libro, que se las ingenien ellos solos.

Y volviendo a mis números… me he quedado sin provisiones y no creo que haya un restaurante galáctico por esta ruta. Podría ser mi última entrada a esta bitácora de viaje… a menos que algo inesperado ocurra.

Algo inesperado, necesario y fortuito.

Pero sabemos (o yo sé, porque soy lo último  de la raza humana), que…


– PARTE 7 –

Lo fortuito. 

Aquella silueta, aquella sombra, aquel visitante (de quien no acabé de platicar). Yo viajaba en cubierta, observando al universo con mi sextante galáctico y mi catalejo dorado, cuando esta sombra se acercó. La observé y sé que cambió. Decididamente abandonó la embarcación; no esperó siquiera invitación alguna abordar y compartir la cena, y qué bueno porque no la había. La vi partir  en silencio, como parten todas las cosas que se respetan, aunque hagan el escándalo más grande de la historia.

Pero, sé que me observó, y lo sé, porque aplicando el mismo principio de incertidumbre, sé que me cambió. Y lo sé, porque no he vuelto a tener hambre y sed desde que vino. No he tenido necesidad de alimentarme (he dejado de requerir alimento), y no he vuelto a tener necesidad de saciar mi sed (pues he dejado de requerir refrescarme). Creo que no tengo que preocuparme más por mis provisiones. Ya no las necesito. Y justo a tiempo; en el umbral de la desolada desesperación, ocurrió lo imposible:

Algo fortuito.

Algo que yo pensé que sabía que jamás ocurría, excepto en los cuentos de hadas.


– PARTE 8 –

Veinte mil años después. 

Cómo para mí solo han pasado cuatro meses, aún tengo algunos rostros impresos en la memoria, pero incluso cuatro meses después son suficientes como para comenzar a degradarlos, y desdibujarlos. Acabo de notar hace poco que no me he traído ningún espejo, así que poco a poco voy dejando de saber cómo luce una sonrisa, o la incertidumbre, o la expectativa. Hay cosas que sé que siguen ahí, como los ojos en su posición habitual, y la nariz, y los labios. Y las cosas que puedo ver; brazos, piernas, demás. Pero lo esencial, lo verdaderamente importante, se me está olvidando. Como, por ejemplo, cómo se siente el contacto humano. O cómo es conversar por las noches cuando ya no hay ruido. O cómo era el resto de la música a la que nunca le puse atención. Los sonidos de las voces de antaño están quedando convertidas cada vez más en grotescos y tristes sonidos sin forma ni sentido; hay caras que ya se han ido por completo, pero asumo que es porque hacía mucho más tiempo que no las veía, de cualquier modo. Me he dado cuenta de que no recuerdo el sonido de muchas risas de muchas personas, aunque sí recuerdo mucho la ira, el llanto, la desesperación. No quiero encontrarle explicación a eso. Es decir, sé la razón. Pero no quiero racionalizarla.

Poco a poco, lo que recuerdo comienza a desvanecerse. Se disuelve como una cucharada pequeña de leche sobre mucho café. Hace curvas caprichosas y espirales inacabables y entonces se van. Y cambian todo. Hay cosas que ya no recuerdo que no recuerdo; hay cosas que rememoro porque sé que las traigo de nuevo desde el pasado, pero sé que si no recuerdo las cosas que ya no recuerdo, entonces realmente no hay para qué recordarlas. Han perdido absoluta razón de ser, y han perdido toda coherencia en el orden de mis pensamientos y se han despojado de todo sentido, y libres, huyen al sitio de donde nunca se vuelve.

Y, como aquí estoy, flotando en medio de la nada, los veo irse a los lados de mi barco espacial, pero, memorias ilusas, y recuerdos ingenuos. Voy mucho más rápido que ellos, y para cuando ellos pierdan velocidad y se desintegren, yo ya habré cruzado otros dos o tres horizontes y ya estaré como 20 firmamentos adelante. Quizás ya esté trazando un nuevo infinito, porque he estado cartografiando la nada y a cada segmento le pongo un nuevo nombre imaginario. Aquí, por ejemplo, se llama La Nación de la Resonancia. Es un nombre largo, y complejo, y puede sonar confuso. No es que me importe porque no estará en ningún atlas, pero de igual modo, me sentiré mejor si acorto el nombre, si lo agrego, si lo mezclo. En este espacio en medio de la nada en donde solo los pensamientos resuenan, y en donde solo escucho mi voz dentro de mi cabeza hablando como si fuese otro, en donde el pensamiento hace eco, y la respiración es ensordecedora, y todo resuena como si fuese una nación entera gritando al unísono… pensé que “La Nación de la Resonancia” sería un nombre apropiado. Pero no, puedo mejorarlo. Uniré nombres, recortaré, invertiré un poco.

He encontrado su nombre. Heme aquí, en medio de La Resignación.


– PARTE 9 –

Antes del final.

Tengo mil pensamientos más que pensar, pero se van agotando conforme las memorias se desvanecen, afortunadamente, porque pensar mucho es un fastidio y llevo cuatro meses masticando palabras insípidas e inútiles. Afortunadamente ya estoy demasiado lejos como para avergonzarme de lo dicho como de lo no dicho; aquí, detrás del infinito, soy libre como nunca lo he sido. Entre las cosas que he descubierto recientemente es que, además de que ya no tengo hambre ni sed, he dejado de sentir calor. Sí, percibo el frío del espacio vacío alrededor de mí. Es un frío mucho más intenso, que cruza la piel y los músculos y clava astillas de hielo directo en los huesos. Pero no me preocupa, porque el último cambio del que me he percatado me ha dejado más que maravillado.

Resulta que, si bien no recuerdo ya mucho de los rostros humanos, ni de las voces, ni mucho menos de las sonrisas o las canciones o los colores, hay una cosa que sí recuerdo bien, como si nunca hubiese dejarlo de verlas. Este espléndido animal, salvaje, poderoso, dominante, que siempre he llevado en la memoria y los pensamientos, constante, eterno, fluido, vibrante, vivo.

Mi nave se ha quedado al fin sin energía… pero, eso tampoco importa. Porque mi último cambio es el más sensacional de todos.

Verán… he aprendido a transformarme. No solo puedo aullar; también tengo alas. Y no  necesito respirar en esta inmensidad, en esta negrura infinita. De pronto, es como estar acostado en cama, con las luces apagadas en la completa oscuridad, justo en los dos segundos después de que se pagan las luces y los ojos aún no pueden percibir las paredes, o el techo, o las sábanas. Se siente cómodo, se siente bien. Y el frío ya no importa, porque estoy preparado para él. Se está a salvo, y se está bien; sin hambre, ni frío, ni sed; sin recuerdos, ni memorias, ni pensamientos, ni voces.

Me aproximo al tablero de mi navío-barco galáctico. Con la última carga de energía que le queda, abro la cabina de navegación y el espacio queda al descubierto frente a mí. Sonrío, satisfecho, y don un pequeño brinco hacia adelante. Volteo a ver antes de abandonar mi barco, lo veo por una última vez. Veo la cabina, y los controles, y las velas. Veo mis cofres y maletas. Ya no necesito nada de eso. Remonto el vuelo, y con un grácil y leve aleteo de mis potentes alas, me alejo. Mi barco se va a la deriva, y se queda ahí, solitario, flotando, vacío de mí; puede que quede uno o dos recuerdos míos, como algún cuaderno o mi música o un par de dibujos, pero solo significan algo si alguna cultura o civilización alienígena avanzada sabe lo que son; si es que en un millón de años descubren mi barco, y si es que no piensan que, por mi antiguo origen humano todo lo que traigo son armas de destrucción masiva, y si es que deciden no bombardear mi barco ni desintegrarlo a un nivel menos que molecular, entonces, quizás, encuentren algún dibujo mío. De otro modo… mi barco será el último satélite artificial en la existencia de esta historia.

Mi barco está ya muy lejos, lejos de todo. Pronto, la oscuridad lo engulle, y yo voy hacia lo que creo, es adelante. Hacia donde no queda nada. Lo que creo, realmente, que es el fin de todas las cosas.

El final de todas las cosas.

Y en verdad, lo es, y estoy a punto de descubrirlo.


– PARTE 10 –

Adiós.

Súbitamente (y eso lo digo solo para mis adentros, porque ya no llevo mi bitácora conmigo), la oscuridad se vuelve grisácea, y luego gris claro, y luego más blanquecina, y unos segundos después, es una blancura absoluta; el blanco más blanco que jamás hayan presenciado mis ojos. Este color blanco, y esta luz, es tan intensa y tan pura, que no solo mis ojos, sino que mis oídos, y mi piel, la sienten. Pero, no es cegadora, ni dolorosa. Es cálida, por fin, cálida, y me envuelve, como un cobertor en pleno invierno. No sé cómo se ve, y no sé cómo debe lucir, pero sé lo que está ocurriendo en este momento porque lo percibo en mi rostro:

Estoy sonriendo, tranquilo, pacíficamente.

Este es el final de todas las cosas, y es aquí, lejos de todo lo que existe, en medio de la nada, más allá de los recuerdos, y el pensamiento, y la oscuridad y el invierno, y más allá de lo infinito, y más allá de lo interminable, y detrás de lo que no concluye… es aquí, cuando finalmente, me despojo de todo; incluso de mis alas, y toda percepción física de la existencia.

Soy solo mi propio pensamiento, y pronto, no seré siquiera mi propio recuerdo.

Creo que esto se llama paz.

Y esto es el final de todas las cosas.

Estoy sonriendo.

 

Lobo Infinito.


– Epílogo –

Éste es el Final del Blog.

Así concluye el Blog Bipolar / Lobonejo Blog.

El Lobo,

Dark Söul.

El Blog Bipolar de Dark Söul / Lobonejo Blog

(Diciembre 21, 2004 – Agosto 18, 2016).

 

Whispers On The Wind

If I still had something left
I’d surely use my gift
To give her one more breath
To see her smile again

 

And yet my gift is gone
Along with all her dreams
It vanished with a scream
My fragile voice
Has all but disappeared

 

I’ve nothing left to give
The words I wished I’d said
Just whispers on the wind
And now all hope is dead

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Planta de Oscuridad.

Hay una planta que solo crece en la oscuridad.

Solo germina en la oscuridad.

Solo florece en la oscuridad.

Solo se ve en la oscuridad.

Solo se muestra en la oscuridad.

No sé de qué clase de semilla crezca.

Pero seguro no es una semilla que caiga a la luz del día.

Bad Seed

 

 

ds

El carrito de carreras.

Recuerdo, o medio recuerdo, mejor dicho, haber estado buscándolo por toda la casa; había algo de premura y preocupación. Como la de cualquier niño que busca un carrito de juguete desaparecido. Recorrí la casa de lado a lado, desde el frente hasta el patio, y sabía, de algún modo, que debía encontrarlo rápido.

Era un carrito de plástico parecido en forma a un coche de fórmula uno, pero de formas redondeadas, aerodinámicas, hecho de dos grandes piezas principales; la carrocería, de color verde limón, y el chasis, o “la panza del carro”, de un no menos llamativo color amarillo. Las ruedas estaban dentro de unas secciones que se asomaban a los lados del carro, de nuevo, parecidas a las de un fórmula uno, pero más cubiertas. Menos expuestas, quizás.

Desesperado subí las escaleras y llegué al patio; lo atravesé y finalmente entré a una habitación en construcción, sin techo, solo con paredes de ladrillos. Supe que estaba ahí antes de verlo; el olor me advirtió de su presencia.

Volteé hacia abajo, a la izquierda de la entrada, y el carrito estaba ahí, panza arriba. Había visto ya muchos animales muertos bajo el sol ardiente de mediodía, y sabía exactamente cómo se veían. El carrito estaba ahí, muerto, con el chasis roto, cubierto de gusanos blancos que se movían incesantes por encima y por dentro de él. Había visto ya muchos animales muertos como para saber que, no importaba lo que hiciera, había llegado tarde y no había nada qué hacer. No era que el carrito estuviera roto; era que, yo sabía, que estaba muerto.

Me agaché para verlo mejor; hacía calor y el sol era intenso, como era lógico en ese cuarto vacío, a medio construir y sin techo. Era como ver el cadáver de cualquier otro perro a la orilla de algún pequeño camino de tierra en las afueras de alguna ciudad. Me quedé absorto viendo el centenar de pequeños gusanos blancos. Tenía aún esta amarga sensación de no haberlo encontrado a tiempo; quizás se había roto por accidente, o le había caído algo encima, no lo sé. Pero sentía como que había estado ahí sufriendo por algún tiempo y que finalmente, herido e inmóvil, había perdido lo que le quedaba de vida. Me agobió la culpa y la tristeza; no sería la primera ni la última vez que me sentiría así. Tampoco sería la última vez que experimentaría ver tan de cerca un cuerpo sin vida.

Me puse de pié,  nuevamente, alejándome de la dantesca visión de mi carrito agusanado. No recuerdo si desperté en ese mismo momento o si sucedió algo más después de ello. Lo que sí sé, es que ese carrito desapareció durante mi infancia, y recuerdo haber tocado las grietas en su chasis con mis dedos, y recuerdo también poder haber visto hacia su interior a través del pedazo que le faltaba. Le faltaban llantas, aunque ya no recuerdo cuántas ni cuáles. Recuerdo aún la textura rugosa de su carrocería, y recuerdo que me encantaba su forma, que no era simplemente aerodinámica; había algo de orgánico en ella, algo de vida, algo de criatura viva.

Para un niño hay varias clases de juguetes; los casuales, los frecuentes, los favoritos… y hay varias formas de perder un juguete. Se extravían, se los roban, se destruyen. Es parte, supongo,  de crecer; aceptar que las cosas se van, y aprender a dejar ir. Es, quizás, la única constante irrevocable y no negociable. Nada se queda.

Nada se queda.

Como sea… nadie debería soñar con juguetes muertos.

Carrito Muerto

 

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Everyday.

 

 

 

 

 

 

 

El Olvido del Mañana – Pt. 1

“Tengo mil recuerdos agolpados en mi memoria; no recuerdo cómo llegaron ahí. No recuerdo haber caminado esos pasos; no recuerdo haberme levantado de mis caídas. Tengo mil recuerdos agolpados en mi memoria, y novecientos noventa y nueve no son míos”.

– Edyl

Abrax despierta una mañana sintiéndose renovado. Observa por la ventana y ve a la ciudad; se maravilla una vez más por su magnificencia, ve el resplandor del sol reflejándose en los altos rascacielos, se sorprende por las altas estructuras de cristal, y sonríe, embelesado, por esa visión que nunca deja de cautivarlo.

La ha visto a diario por los últimos seis años, y hoy es la segunda vez que la observa.

La puerta se abre a sus espaldas; Edyl, esa chica delgada, con un tatuaje en el dorso de la mano izquierda, lo saluda amablemente.

“Es la misma chica de ayer; está de vuelta, tal y como prometió”, piensa Abrax, complacido. Ella tiene un toque de elegancia en su andar, algo de finura en sus facciones, y un pequeño atisbo de alcurnia en sus movimientos. Y sin embargo, viste con ropas sencillas y su acento no suena presuntuoso.

– Buen día. ¿Qué tal la vista hoy?

– Deslumbrante. No deja de sorprenderme. Aquel edificio de allá, junto a las tres torres puntiagudas, ¿cuál es?

– ¿El alto en forma de cuña? Es la Torre Synergy. No es el más alto del distrito. Hay uno más alto hacia el poniente, el Consorcio Triven.

– ¿Más alto que ese?

– Fácil, como el doble de alto. Y hay otro más alto, muy al sur; la Atalaya de Kravatech. Algunos días no se logra ver en dónde termina, según el clima.

– Ya veo. ¿Es de tecnología o algo así?

– Neurobiotecnología, sí. Son las facilidades más avanzadas que hay; trabajan con…

Edyl guarda silencio unos instantes. Observa nerviosamente a Abrax. Voltea hacia el piso, luego a la ventana, y se apresuró a añadir, fingiendo que haa sufrido un olvido momentáneo.

– … te ayudan a curar algunas enfermedades relacionadas al cerebro, o algo así. No estoy muy enterada.

– Entiendo – comenta Abrax, aún atrapado en la visión afuera de la ventana. – Dime, ¿ya saben algo de… ?

Edyl, que en ese momento acomoda unas flores sintéticas en un jarrón de fibra de zinolámica, titubea de nuevo.

– Bueno… creo que nada. O por lo menos no nos han informado de ningún hallazgo importante. Nada, números o nombres o direcciones, nada. Pero no te preocupes, siguen buscando y tan pronto encuentren algo te lo harán saber.

– Comprendo. ¿Cuál es tu nombre, de nuevo?

– Edyl.

– Edyl. Gracias. Dime Edyl. ¿Te puedo hacer una pregunta?

– Sí, por supuesto. Lo que guste, mi señor.

– ¿Ésto es… el futuro?

– ¿Disculpe?

– El futuro. Ya sabe… es decir… el día de mañana, o dentro de mucho tiempo… no sé, lo que aún no sucede. Lo que todavía va a pasar y… está más avanzado, más… lejos del presente, como si el presente fuese un pasado…

– Me temo que no comprendo…

– Bien… digamos que el hombre prehistórico es el pasado… y luego tenemos la Edad Media y… luego la Revolución Industrial… a lo que me refiero es… para ellos, si ellos pudieran ver hacia el frente, esto sería el futuro… ¿no?

– Sí… supongo que sí.

– Entonces, sí, es el futuro, ¿verdad?

– Pues, asumo que somos el futuro de cualquier momento pasado, sin importar qué tan remoto sea.

– Sí… sí – dijo Abrax, con un dejo más de resignación que de satisfacción por la respuesta. – Siempre seremos el futuro de lo que quedó atrás.

– Mi señor, ¿hay algo que le preocupe, o le moleste en particular?

– No realmente. Edyl, ¿verdad? No es realmente un problema. Es solo esta sensación de… no saber…

– Lo entiendo.

– No, no creo que lo entiendas.

– Sí, lo entiendo. Antes de trabajar aquí, yo fui una paciente, como usted. Sé lo que siente. Sé cómo se siente. Solo no estaba segura de si hablábamos de lo mismo.

– Entonces, sabes que tengo que salir de aquí. Que tengo que ver el mundo, explorarlo, verlo por mis propios ojos.

– Eso es imposible, mi señor. Por ningún modo o bajo ninguna circunstancia puede usted abandonar estas instalaciones.

– ¿Oh? ¿Y por qué es eso?

– Por ser… usted sabe… quien usted es.

– Eh… no; me temo que no lo sé.

– Abrax.

Abrax observa a Edyl un instante. Hace una mueca negativa, como dejando claro que el nombre no le tenía por qué sonar familiar. Edyl lo observa en silencio. Decide que la bandeja que llevaba en las manos no es importante en ese momento.

– Usted es quizás el criminal más buscado de los últimos 15 años.

– Yo soy… ¿qué?

– Está aquí no solo por su seguridad, mi señor. También para seguridad de…

– ¿De?

– Bueno, pues… de todos.

– Oh.

Abrax guarda silencio un instante; entonces, voltea. Observa por la ventana y ve a la ciudad; se maravilla una vez más por su magnificencia, ve el resplandor del sol reflejándose en los altos rascacielos, se sorprende por las altas estructuras de cristal, y sonríe, embelesado, por esa visión que nunca deja de cautivarlo.

La ha visto a diario por los últimos seis años, y hoy es la segunda vez que la observa…

Fin de la Parte I.

– Dark Söul

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